Contribuciones

Temáticamente, su pasión fue la estratificación social y la movilidad social, una columna vertebral de la disciplina sociológica, venida a menos en América Latina a partir de los años setenta del siglo XX por prolongadas dos décadas y media aproximadamente, de lo cual apenas se recupera hoy. Pero también se reconocía hijo de sus días al prestarle atención a uno de los asuntos colocados por Medina Echavarría y otros sociólogos: el conocimiento y el análisis empírico-histórico de los aspectos sociales del desarrollo económico en América Latina. No hay que perder de vista que la institucionalización moderna de la Sociología en nuestra región se produjo en consonancia con la importancia central que se le atribuía entonces al tema del desarrollo de América Latina en el periodo inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial. Destacaremos brevemente ahora algunas de sus contribuciones:

  • Estratificación social, movilidad social y planificación familiar
  • Estratificación social y desarrollo
  • La perspectiva de la Sociología y sus alcances

Estratificación social, movilidad social y planificación familiar

Buena parte de la obra escrita de Fonseca Tortós se halla concentrada en el tema de la estratificación social, su preferido y ciertamente uno principal de la Sociología. Un texto destacado suyo dentro de él es precisamente su disertación doctoral, traducida al castellano como Estratificación social, movilidad social y planificación familiar, concluido en 1970 aunque aparecido en español muchos años después, en el 2000.

¿Cuál es el contexto social dentro del cual surge y adquiere significación el estudio? Costa Rica había estado experimentando durante los años cincuenta e inicios de los sesenta del siglo XX muy altas tasas de natalidad (superiores al 4% anual) y de crecimiento de su población (por encima del 3%). Pese a ser un país con una población pequeña y con una densidad demográfica para nada problemática, la cuestión, ya más en términos económicos y de atención de necesidades básicas, fue percibida como preocupante en tanto que una tendencia de largo plazo, en un contexto latinoamericano en el cual se planteaban similares inquietudes, en parte influidas por organismos internacionales. Los estudios sobre población financiados con fondos externos, a menudo provenientes de la Fundación Rockefeller y de la Fundación Ford, se multiplicaron entonces en América Latina. Fue en este marco, con el apoyo de la segunda de estas fundaciones y en el seno del Centro de Estudios Sociales y de Población (CESPO) de la Universidad de Costa Rica, que se llevó a cabo un estudio ambicioso para la época, en el cual participó un equipo numeroso y bien calificado de científicos sociales dirigido por Fonseca Tortós: Estratificación social: Aspectos psicosociales y organizativos, dentro del cual el subtema de los factores sociodemográficos y de planificación familiar convocaría un interés primordial. La tesis doctoral de Eugenio Fonseca fue un subproducto de esta investigación más amplia.

Desde el punto de vista que aquí interesa, el estudio es una excelente muestra del enfoque que practicaba Fonseca Tortós acerca de la Sociología como una ciencia social rigurosa en términos de la época y del proyecto del cual formaba parte en América Latina: el de la sociología científica. La perspectiva analítica se fundamenta en el enfoque teórico de la modernización (de la estructura social y del tránsito de una estructura tradicional hacia una moderna), y en los cambios que acompañan a tal proceso -y forman parte de él- en materia de estratificación del sistema social y de las orientaciones hacia la movilidad social ascendente que pueden o no llegar a tener los individuos dentro de los diferentes estratos sociales. Más en concreto, Fonseca Tortós, como uno de sus objetivos, procuraba “determinar si algunos factores impulsan a los actores, cualquiera que sean sus estratos sociales, a orientarse hacia la movilidad y a invertir en ella”,1 y cómo esto se traduciría en comportamientos diversos, entre ellos sobre la planificación familiar. El estudio alcanzaba al Área Metropolitana de San José de Costa Rica por medio de un diseño analítico cuantitativo muy elaborado, que planteaba 25 hipótesis. De ellas comprobó siete, otras nueve obtuvieron una confirmación parcial, y nueve más no fueron verificadas por los datos producidos.

Entre los hallazgos relevantes estuvieron los siguientes, algunos de los cuales correspondían a la sociedad patriarcal que apenas con leves fisuras era entonces la de Costa Rica. Por ejemplo, uno que podría haberse anticipado como muy plausible pero que fue confirmado por los hechos -una cosa es una proposición plausible y otra muy distinta es una proposición que ha sido efectivamente verificada mediante el análisis riguroso de la realidad empírica, no obstante la provisionalidad que tenga toda comprobación- resultó éste: a mayor estrato social, mayor conciencia de movilidad, mayor percepción de las posibilidades de movilidad, mayor inversión en movilidad y mayor planificación familiar. Un segundo hallazgo entre varios también fue el siguiente: sin importar el estrato social, los hombres evidenciaban una mayor percepción de posibilidades de movilidad, un mayor deseo de movilidad y una mayor disponibilidad a invertir en movilidad, que las mujeres. Manifestación ésta de dicha sociedad patriarcal arriba aludida, proposición también plausible para entonces y comprobada igualmente, pero difícilmente vigente en la Costa Rica actual, lo que en todo caso requeriría asimismo una indagación empírica precisa. Es de destacar que ni el mismo investigador, hijo de su tiempo, tomó nota cabal de todas sus implicaciones al comentar sus propios hallazgos. Pero también, cuestión muy interesante, estaba este tercero: sin que contara el estrato social, a mayor nivel de educación, la probabilidad de una mayor conciencia de movilidad era más alta; más elevada la probabilidad de una mayor percepción de las posibilidades de movilidad; mayor la probabilidad de un mayor deseo de movilidad; y mayor la probabilidad de buscar invertiren ella. Las correlaciones positivas entre el nivel de educación, cualquiera fuera el estrato social de los individuos, y la movilidad, patentizaban, según Fonseca, la amplia difusión de aquella en la sociedad costarricense desde larga data y su elevada valoración generalizada en Costa Rica, lo cual no se manifestaba así en otros contextos sociales latinoamericanos.

Las pretensiones analíticas del estudio estaban bien delimitadas, sin plantearse interpretaciones macro sociales de naturaleza histórica, a no ser por la convicción de que se vivía un proceso de modernización de la estructura social con múltiples implicaciones en los estratos sociales, pero con matices y variantes a descubrir, a discernir, o bien a revisar de acuerdo a las distintas sociedades particulares. De esta forma no sólo se procuraba comprender y explicar mejor ciertas dinámicas sociales presentes en la principal zona urbana de Costa Rica, dinámicas que por entonces interesaban mucho, sino que también subyacía el interés por producir conocimiento con el cual acumular evidencia empírica a favor de ciertos enfoques teóricos, bien que esto resultara en su enriquecimiento, en el establecimiento de matices, o bien incluso en la consecuente modificación de su pretendido potencial analítico en aspectos bien circunscritos del cuerpo teórico.

Estratificación social y desarrollo: Un programa de investigación

La investigación sobre las características particulares de los aspectos sociales del desarrollo económico2 fue otro de los temas muy presentes en la sociología latinoamericana hacia finales de los años cincuenta e inicios de los sesenta. Valga decir, un conjunto de dimensiones sociales, de índole cultural y de rasgos de los grupos sociales, como las aspiraciones al mejoramiento económico persistente entre los individuos de los diferentes estratos sociales; el sentido de responsabilidad en lo personal y con respecto a la colectividad; la ética del trabajo; la disponibilidad a la ágil obtención del conocimiento técnico, su aprendizaje y su aplicación en los procesos de trabajo; la capacidad empresarial orientada a la innovación, la organización y al riesgo, entre otros, los cuales eran concebidos como aspectos sociales “económicamente importantes” (Weber) por sus efectos sobre el proceso de desarrollo económico. Se trataba así de un conjunto de aspectos que se consideraban como afines con el desarrollo y que contribuirían con él y lo acompañarían allí donde se presentaran con la difusión requerida, pero que si no aparecían con el alcance apropiado, no se favorecería la dinámica del desarrollo económico en la sociedad latinoamericana de la que se tratara.

En punto a toda esta materia, Fonseca Tortós proponía dos cuestiones fundamentales. La primera era la necesidad de concebir el desarrollo, en tanto opción valorativa, como “desarrollo económico socialmente orientado”, no como mero crecimiento económico. En otras palabras: “[…] el proceso de desarrollo, en tanto que “auténtico proceso de desarrollo”, es decir, en tanto que crecimiento económico que conlleva una más equitativa y conveniente distribución del ingreso, cuyos beneficios fluyan, en consecuencia, principalmente, hacia los estratos subprivilegiados, es un proceso que debiera ocurrir”.3 Y la segunda era la consideración de que la perspectiva sociológica sobre el tema del desarrollo tenía que anclarse en el análisis de la estratificación social: “Se afirma que el proceso de desarrollo no puede entenderse sin estudiar el tamaño y la calidad de las distintas capas sociales que forman la sociedad, así como el papel que pueden desempeñar en el fenómeno en cuestión”.4 Y una razón primordial de esto arraigaba en su visión de que: “[…] si las capas sociales se conciben como “clases sociales”, es decir, si se ve su aspecto dinámico, como conglomerados humanos que realmente ostentan intereses contrapuestos y que eventualmente se enfrentan en conflictos manifiestos, los unos para mantener el statu quo que los favorece, los otros para cambiarlo, porque los oprime; y siendo así que todo desarrollo económico configura una nueva estratificación social, no puede entenderse el proceso de desarrollo sin tomar en cuenta ni estudiar el conflicto de clases”.5

En este marco de preocupaciones se localizaba entonces la siguiente cuestión: ¿cuál es el perfil particular, en los distintos países latinoamericanos, que caracteriza a su estratificación social? A la cual le agregaba la que bien era para la época una suerte de pregunta central para impulsar un programa de investigación, pregunta de la que derivarían muchas otras más, las cuales hoy como ayer siguen teniendo muchísima vigencia: el perfil que adquieren los distintos estratos sociales con sus predominantes orientaciones valorativas diferentes en cada uno de ellos y su acción social con respecto a la economía, ¿es funcional al proceso de “desarrollo económico socialmente orientado” o no? Precisamente a plantear dicho programa de investigación es que dedicó su importante artículo “Estratificación social y desarrollo. Reflexiones, sugerencias y preguntas para investigaciones futuras”, incorporado al tomo I de su obra seleccionada.

La perspectiva de la Sociología y sus alcances

Hay aquí algunos temas en los que conviene hacer explícita la posición o el punto de vista de  Fonseca Tortós en torno a los alcances de la Sociología como una ciencia social.

Para empezar, distingue con claridad entre la Sociología, por un lado, y la sociografía y la sociometría, por otro. Estas dos últimas aspiran a la descripción, a la medición precisa de los hechos sociales, y para ello disponen de numerosas técnicas particulares. Una figura sobresaliente de las últimas dos ha sido Jacob Levi Moreno (1889-1974, rumano-norteamericano, creador del psicodrama y de múltiples técnicas sociométricas). A ellas Fonseca Tortós no les reconoce el estatuto de ciencia: “[…] conviene no olvidar que para hacer ciencia no basta el simple conocimiento objetivo de una realidad, y que el planless empiricism, de que hablaba W. I. Thomas, ya ha sido muy superado. La investigación sociológica básica de hoy ha eliminado el dualismo que existía entre la “investigación empírica” y la “teoría sociológica”, pues no existen bases lógicas para esa contraposición”.6 Y es que si no existe ciencia sin teoría, y si la Sociología pretende ser una ciencia social, la Sociología tiene que contar con teorías que son las que encuadran los problemas de la investigación empírica, las que le otorgan significado y orientación a ésta. De aquí que la mera descripción, por más minuciosa, abarcadora y objetiva que sea, en la medida en que carece del pivote de la teoría, esquiva la naturaleza del quehacer científico. O, para decirlo en otro giro, es indispensable reconocer y propiciar “[…] la necesaria y recíproca fecundación entre teoría y hechos”.7

Por otra parte, frente a la exigencia de clarificar el estatuto científico de la Sociología y de posicionarse frente a esas referencias ineludibles para la comparación como son las ciencias “duras” como la física, la química y otras, que se considera que han venido acumulando conocimiento bajo la forma de teorías muy abarcadoras y leyes de amplio alcance, lo cual ejemplificaría la que se supone que sería la naturaleza por excelencia del quehacer científico y las manifestaciones de la madurez de una ciencia, que sería a lo que la Sociología debería aspirar, Fonseca Tortós asume una posición cautelosa. Aprecia mucho el criterio acotado de Robert K. Merton quien, como se sabe, postuló para la Sociología la urgente conciencia de avanzar en la producción de teorías de alcance intermedio como la tarea disciplinaria de la época.8 Pero igualmente valoriza el criterio de su maestro Medina Echavarría cuando éste insistía, en palabras de Fonseca Tortós, en que difícilmente “puede aspirarse a otra cosa que no sea la interpretación de configuraciones históricas concretas, mediante el uso de “tipos puros” o “ideales” como los preconizados por Max Weber”.9 De modo que llegaría incluso a escribir: “Cierto es que mal haría quien adoptando alguna de aquellas dos posiciones, arrogantemente se atribuyera para sí la calidad de “sociólogo científico”, negando tal condición a quien ostente la contraria”.10

En un periodo en el cual igualmente se hacía recaer mucho de la cientificidad de la Sociología en el uso de las técnicas cuantitativas, Fonseca Tortós, que era diestro en ellas, no se dejaba seducir por esta trampa. Eran los días en los cuales el estilo metodológico preconizado por Paul Lazarsfeld desde Estados Unidos buscaba ganar reconocimiento mundial, un estilo al cual ese gran maestro de la disciplina que fuera Charles Wright Mills le hiciera agudas críticas, calificándolo como una modalidad de inhibición metodológica a la cual denominó empirismo abstracto.11 Para Fonseca Tortós, lo medular para la Sociología arraigaba en los problemas y en las preguntas, y en el enfoque para atenderlos y resolverlas, no en las técnicas. En este punto también se reconocía discípulo de Medina Echavarría y de C. W. Mills, al insistir, apelando al primero, que no había que permitir que “[…] la técnica nos imponga el problema a estudiar. ¡Seleccione el problema sobre la base de su propia trascendencia y después busque la técnica para estudiarlo! Si no la hay, ¡invéntesela! Es mejor un tema trascendente tratado con rusticidad técnica, si no se puede nada mejor, que una “papanatada” tratada con “primor” técnico”.12

Era también muy prudente en cuanto a las expectativas que por entonces eran comunes respecto al papel que la Sociología podría cumplir en la solución de los problemas sociales implicados en el desarrollo económico. Se cuidaba mucho de sumarse a quienes fomentaban “esperanzas excesivas en la Sociología” y criticaba el que se esperaran milagros de ella.

Finalmente, en los trabajos de Eugenio Fonseca Tortós se puede observar su apego al reconocimiento de la distinción weberiana entre juicios de hecho y juicios de valor.13 No que el sociólogo, en tanto que ser humano perteneciente a una colectividad, no pueda comprometer su ser emitiendo apreciaciones en función de su concepción del mundo, sus valores y su ideología, apreciaciones sobre diversas cuestiones sociales y políticas. Desde luego que esto es legítimo. Pero lo que no lo es, desde el punto de vista de un buen sistema de vigilancia lógica y epistemológica, es la confusa mezcla de ambas esferas, la de las cuestiones de hecho y la de los valores. Lo pertinente entonces, como lo planteara Weber a propósito de su propio juicio de valor acerca de los alcances de la labor de un docente en las cátedras universitarias, es, no sólo en ellas, sino también en los trabajos escritos de los científicos y profesionales de las Ciencias Sociales, establecer con claridad, para el oyente o lector, cuándo se afirman cuestiones de hecho, comprobadas mediante la aplicación de la lógica de la investigación social (y, consecuentemente, refutables a partir de nuevos hechos o de la revisión que la colectividad profesional o académica del caso realice de los procedimientos empleados), y cuándo se plantean cuestiones de valor, que responden a puntos de vista subjetivos, muy respetables pero no comprobados o siquiera comprobables (por responder a inclinaciones intelectuales o sentimentales últimas e irreductibles sobre el significado del mundo y de la realidad social). Practicante fiel de este canon, no dejaría de comprometerse en su día con valores y con posicionamientos frente a la realidad social, pero lo haría explicitando siempre que se trataba de un punto de vista valorativo y no como una consecuencia lógica de saberes verificables.