nathalie heinich
La socióloga francesa Nathalie Heinich. | Foto: CRAL-EHESS.

Nathalie Heinich es una prestigiosa socióloga francesa que cuenta con una de las obras más prolíficas en sociología de las artes y la cultura de la era contemporánea. Sus contribuciones se destacan por el detallado trabajo de investigación empírica, así como por sus aportes conceptuales. En particular, es conveniente resaltar los aportes que ofrece sobre las relaciones entre arte y reflexión sociológica, en la medida en que ofrece una sólida argumentación sobre el papel de los códigos y prácticas estético-expresivas como actividades de actores concretos en situaciones concretas, que aportan un valioso material para estudiar, desde una perspectiva comprensiva, algunas de las principales orientaciones de la acción en nuestra vida cotidiana.

La Revista Colombiana de Sociología publicó en 2015 una extenso fragmento traducido al español de una entrevista realizada a Heinich por Valéry Rasplus y originalmente publicada en el semanario francés Le Nouvel Observateur, en enero de 2011. Transcribimos aquí, a su vez, un fragmento de la entrevista recogida en la publicación de la Revista Colombiana de Sociología, considerando que, aunque ha ganado auge en la última década, la nueva sociología de las artes aún sigue siendo un territorio sociológico mayormente desconocido y difundido.


Valéry Rasplus: ¿Podría presentarse e indicar su trayectoria universitaria?

Nathalie Heinich: Soy socióloga del Centre nationale de rechercehe scientifique (CNRS) desde 1986. Hice estudios de Filosofía en Aixen Provence y luego estudie en la École des hautes études en sciences sociales (EHESS). Mi tesis la dirigió Pierre Bourdieu y fue sustentada en 1981. Nunca tomé cursos de Sociología en el pregrado de la universidad y mi formación se hizo a través de lecturas y con la asistencia al seminario de Bourdieu durante varios años, de donde me surgió un persistente complejo de autodidacta.

V.R.: Una gran parte de sus trabajos tratan sobre la sociología del arte. ¿Fue ésta una imposición o fue una elección voluntaria?

N. H.: Tal como lo narro en un pequeño libro de entrevistas con Julien Ténedos (La sociologie á l’épreuve de l’art, éditions aux lieux d’etre, 2006-2007), yo inicié mi monografía del Diploma de profundización de estudios (DEA) sobre los coleccionistas de pintura en la época clásica, y luego hice mi tesis doctoral sobre la transformación del estatus de pintor en el sistema académico, esencialmente porque mi tradición cultural familiar me condujo a esos temas, pero con la perspectiva crítica que permitía el enfoque histórico y relativista de Bourdieu. Como también he sido autodidacta en historia del arte, me interesaba continuar en este campo, dado el trabajo intelectual que tuve que hacer. En particular, luego de mi ingreso en 1981 al “mercado” profesional, casi no había reclutamiento para universitarios, entonces fue necesario vivir durante varios años como “intelectual en estado de precariedad”, aunque en esa época no se denominaba así, gracias a contratos de investigación y algunos cursos aquí y allá. Ahora bien, también fue el momento de la llegada al poder de la izquierda y hubo dinero para la investigación y la cultura, lo que me permitió trabajar para diversas instituciones culturales de manera in- mediata. De otra parte, fue entonces cuando verdaderamente aprendí el o cio de socióloga, investigando, bien fuera que se tratara de encuestas estadísticas sobre el público que asistía a los museos, o encuestas más cualitativas con entrevistas u observaciones de terreno.

Luego de mi ingreso al CNRS intenté utilizar todo aquello que había acumulado con mi tesis doctoral y mis investigaciones y, entonces, pude aprovechar algunas propuestas que me hicieron en ese momento. De esta manera pude trabajar no sólo sobre el estatus de los pintores en la época clásica, sino también en la época moderna y contemporánea, así como sobre los escritores, los cineastas, sobre el patrimonio y, también, sobre la identidad femenina, utilizando la literatura de ficción y materiales de mis investigaciones. Todo ese trabajo fue, pues, una mezcla de predisposiciones familiares, oportunidades tomadas al vuelo y mi interés personal en algunos temas que consideré importantes.

Luego de todo este tiempo he puesto en práctica el principio de que lo importante para mí no era solamente el “arte”: éste se convirtió para mí menos en un objeto de investigación que en un terreno para intentar desarrollar la sociología de los valores, apoyándome sobre los materiales de investigación que había acumulado.

V.R.:  Su nombre aún continúa asociado, tal vez a pesar suyo, al de Pierre Bourdieu. ¿Cómo llegó usted a frecuentarlo y cuáles fueron sus relaciones?

N. H.: Descubrí la Sociología leyendo su revista, Actes de la recherche en sciences sociales, que se creaba más o menos en el momento en que yo ingresaba la universidad. Enseguida, al leerla comprendí que éste era el tipo de trabajos que me interesaban, mucho más que la Filosofía. Pero no pensaba poder ser capaz de hacer una tesis de sociología, puesto que no tenía la formación. Por esa razón comencé por presentarle mi proyecto de tesis a Hubert Damisch, quien me aconsejó presentársela a Pierre Bourdieu.

Tengo un grato recuerdo de los cuatro años de preparación de mi tesis. Sólo veía a Bourdieu luego de sus seminarios, dos veces por mes, pero desde mi punto de vista nuestras relaciones fueron excelentes: él es- taba siempre disponible para los “jóvenes” y los animaba en sus trabajos. Él reconoció que no conocía mucho sobre el tema de mi tesis, razón por la cual me sugirió que contactara a Louis Marin para que supervisara mi tesis. Luego de la sustentación de mi tesis, Bourdieu me repetía que nunca había logrado vincular a nadie en el CNRS, pero por lo menos me había ayudado a obtener varias investigaciones y una beca en la École francaise de Roma.

Nuestras relaciones se deterioraron en circunstancias que he descrito en el libro Pourquoi Bourdieu, pero aún me consideré vinculada intelectualmente por varios años a él, incluso luego de mi ingreso en el Centro de investigación de Luc Boltanski en 1986. Me llevó varios años tomar distancia, aunque ¡creo que todos y todas quienes recibimos sus enseñanzas hemos tenido el mismo problema!

V.R.:  Cinco años después de la muerte de Pierre Bourdieu usted publicó Pourquoi Bourdieu?, que marca una ruptura radical con este sociólogo y su obra. ¿Por qué no publicó este libro cuando él aún estaba vivo y no esperar tanto tiempo?

N. H.: La ruptura se produjo mucho antes, desde la publicación de mi libro La glorie de Van Gogh, del cual varios de los discípulos dijeron que se trataba de “una máquina de guerra contra Bourdieu”, lo que no era realmente mi intención y su publicación en la editorial Minuit en 1991 coincidió (según Jerome Lindon) con la salida de Bourdieu de la editorial Seuil. Todos mis trabajos a partir de 1990 han tratado de alejarse de su “sociología crítica” y a poner en evidencia este alejamiento, tal como lo hice en Ce que l’art fait á la sociologie, de 1998. A este propósito ayudó mi cercanía con todos aquellos que en ese momento desarrollaban una tentativa semejante para sacar la sociología francesa de la alternativa Boudon/Bourdieu, en particular la cercanía a Luc Boltanski, quien me había recibido en su Centro de investigación de Sociología política y moral, así como Bruno Latour, de quien seguí durante varios años su seminario en la Escuela de Minas, desde finales de la década de 1980.

Pero las reputaciones tienen una fuerte inercia y me tomó mucho tiempo desprenderme de la imagen de “discípula de Bourdieu” que, debo decirlo, ¡me molesta considerablemente, tomando en cuenta mi trayectoria intelectual durante los últimos veinte años! Cuando uno es mujer, sobre todo si es joven, el problema es que la gente tiene di culta- des para imaginar que uno puede tener un pensamiento propio…

¿Por qué no haber publicado antes Pourquoi Bourdieu? ¡Pues porque no lo consideré pertinente! Además, porque no quería retornar sobre esa parte del pasado, justo cuando buscaba alejarme de él. El principal estímulo para publicarlo vino de mi editor, Pierre Nora, quien me preguntó en qué había consistido el éxito de Bourdieu y me sugirió que yo era una de las personas mejor dispuestas para responder a esa pregunta. Por cierto, ese era el tipo de preguntas que yo había intentado responder en mi libro sobre van Gogh. Ya que soy muy sensible a los halagos, no me faltó más para lanzarme en ese proyecto…

Dicho esto, aunque hubiese tenido la idea antes, no hubiera podido escribir ese libro estando vivo Bourdieu. Era necesario hacer el cierre de su obra, de su carrera, de su vida, para que ese retorno al pasado tuviera sentido. Además, uno no habla de los vivos como habla de los muertos: no me hubiera sentido suficientemente libre de expresar mi pensamiento respecto de él sí me lo hubiera imaginado leyendo mi trabajo… Y, como no creo en la vida eterna, salvo a nivel simbólico, escribí ese libro para quienes se interesan en su obra y también para mí, sobre todo para mí.

V.R.:  Desde hace varios años existe un tema que retorna regularmente en numerosas polémicas: el de la conspiración. ¿Ha analizado usted este tema, y, cuál es el enfoque que tiene al respecto?

N. H.: Yo trato ese tema en un libro reciente, Le betisier du sociologue. Considero que se trata de una exacerbación del discurso crítico que se ha convertido en la forma principal de pensamiento en la última generación y que ha encontrado en la obra de Bourdieu un amplificador formidable. Esa compulsión crítica ha conocido, de otra parte, una formidable caja de resonancia con la tecnología de la Internet, la cual ofrece a los rumores una rápida y eficaz circulación, cosa que, evidentemente, jamás había tenido en el pasado. Ahora bien, nada resulta más atractivo para la compulsión a los rumores que la hipótesis del secreto, de la conspiración, del complot, que impulsa la hipótesis de una división sistemática del mundo entre los “fuertes” que “están en el secreto” y los “débiles” que están excluidos. La denuncia de esos supuestos decretos se convierte entonces en el arma por excelencia de los débiles. Este simplismo no puede menos que atraer a los espíritus simples y, más aún, si tienen además tendencia a la paranoia…

V.R.:  ¿Para usted la Sociología es una ciencia?

N. H.: El asunto no es tanto saber si es una ciencia, sino si debe serlo y, eventualmente, cómo hacer para que lo sea. Mi respuesta a la primera pregunta es afirmativa, sin vacilaciones. Al estar ubicada por mis temas de investigación más cerca de las “humanidades” y, por mi disciplina, más cerca de las “ciencias sociales”, estoy en condiciones de apreciar los aportes del segundo polo. Desde el momento en que hay un diseño de investigación sobre fenómenos empíricos; procedimientos de control sobre los enunciados; clara distinción entre la descripción, la interpretación y los juicios de valor; obligación de referirse a los trabajos existentes sobre el tema tratado; en síntesis, desde que se utilizan verdaderos métodos de investigación y de tratamiento de datos, el trabajo se vuelve mucho más apasionante y, evidentemente, más productivo.

Esto no quiere decir que la labor de los “ensayistas” no aporte trabajos que den claridad, fulgurantes a pesar de que sean fruto de la intuición, o de la sensibilidad, o de la cultura de sus autores. Pero, en conjunto, la proporción de lo que subsiste durante un buen tiempo en las “humanidades” es débil respecto de lo que se produce, en tanto que los aportes de la Sociología o de la Antropología que perduran provienen todos de trabajos de investigación, bien sea de diseños historiográficos y archivísticos como en Weber o Elias, o bien de diseños estadísticos como en Durkheim, o bien de compilaciones de trabajos etnográficos como en Mauss, o trabajos de observación como en Go man.

En cuanto a la segunda pregunta, es decir, cómo hacer para que la Sociología se convierta en una verdadera ciencia, respondería invocando dos imperativos: en primer término, se debe recurrir a la investigación empírica aunque sólo trate sobre textos (que deben ser abundantes y razonados); en segundo término, la neutralidad valorativa, es decir, la clara distinción entre juicios de valor de los actores y juicios de valor del investigador y la suspensión de estos últimos en tanto se re eran a la conducta de los actores (no sobre los trabajos de otros investigadores, que llevan por supuesto al elogio o a la crítica), en el marco del trabajo de investi- gación o de la enseñanza (lo que no quiere decir abstenerse de cualquier juicio de experto, ni de cualquier toma de posición en la esfera pública).

Estoy íntimamente convencida que entonces, y sólo entonces, tendremos la clave que permitirá a la Sociología salir de su “Edad Media” en la que aún tiende a chapucear. Los etnólogos lo han comprendido hace mucho tiempo (al menos los mejores de ellos), pero los sociólogos se resisten a aceptarlo, en la medida en que la expresión de opiniones conti- núa siendo muy importante en nuestra sociedad. Pero, aunque nos tome varias generaciones, estoy convencida de que el progreso intelectual va en el sentido del abandono de una posición normativa. En todo caso, es a lo que me atengo en la medida de lo posible y ¡de esa manera el trabajo resulta muy interesante!

Dicho esto, la “cientificidad” de las ciencias humanas y sociales no debe considerarse como una extensión de las normas de las ciencias naturales. Considero que existe especificidad en el estudio de la experiencia humana que exige abrir la noción de cientificidad más allá del paradigma en el que surgieron inicialmente. El enfoque comprehensivo, en particular, me parece una de las vías que permiten afirmar que se puede producir conocimiento, riguroso y acumulable, sin adherirse de manera exclusiva a la forma explicativa de las ciencias “duras”, las que aparecerán, tal vez, algún día como un simple caso del trabajo científico.